Fotografiar insectos: la guía macro para empezar
La macrofotografía de insectos revela un mundo invisible a simple vista: las escamas del ala de una mariposa, los ojos compuestos de una libélula, los pelos de una abeja. Exige sobre todo paciencia y una aproximación adecuada, mucho más que un equipo carísimo.
Acercarse sin asustar
Un insecto percibe los movimientos bruscos y las sombras que pasan por encima de él mucho antes de que uno se dé cuenta. Acercarse despacio, por el lado en lugar de frente, y evitar que la propia sombra caiga sobre el sujeto, deja bastante más tiempo para encuadrar y enfocar antes de que salga volando.
El enfoque, la etapa más delicada
En macrofotografía, la profundidad de campo se vuelve extremadamente fina — a veces de apenas unos milímetros. Cerrar más el diafragma (f/8 a f/16) ayuda a mantener una zona nítida mayor, a costa de una luz más escasa que habrá que compensar. Apuntar siempre a los ojos del insecto en primer lugar: como en todo retrato, es lo que da vida a la imagen.
La luz de la mañana, aliada del fotógrafo
A primera hora de la mañana, los insectos suelen estar entumecidos por el frescor de la noche y se mueven menos — una ventana ideal para acercarse con calma. La luz suave de esa hora evita además los contrastes demasiado duros que el sol del mediodía impondría sobre un sujeto tan pequeño.
Un equipo asequible para empezar
No hace falta un objetivo macro dedicado para empezar: los tubos de extensión, poco costosos, permiten acercar cualquier objetivo existente al sujeto. Un verdadero objetivo macro (a menudo en torno a los 90 a 105 mm) sigue siendo preferible para una práctica más avanzada, pero no es indispensable para los primeros intentos.